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miércoles, 6 de junio de 2018

LAS RECAÍDAS EN LA VIDA Y EN LA TERAPIA


Algo que ocurre a diario y que observo frecuentemente en terapia es la necesidad imperiosa de que todo avance rápido, de que sea inmediato y para siempre. Estamos inmersos en la cultura del cambio, del progreso y el desarrollo continuo, bajo un concepto unidireccional y falso de la realidad. El cristianismo con su división del tiempo en pasado, presente y futuro y el capitalismo con su idea de progreso, desarrollo y crecimiento económico, acabaron de fortalecer esta idea.

Si nos fijamos en la naturaleza, de la que formamos parte, no siempre es lineal. Todo tiene sus tiempos y su proceso de maduración. El paso de las estaciones, la transformación de gusano a mariposa... Además, todo está en continuo cambio. De la semilla al árbol y su fruto, de la lava a la roca volcánica. La Vida se autogenera por y para ella misma, es inmutable y circular. Todo lo demás, podemos estar seguros de que no se mantiene en el tiempo. Como dicen los budistas, todo pasa.

¿Qué ocurre entonces cuando los cambios no se producen de una forma rápida? Que los abandonamos y no perseveramos.
¿Y si los cambios parece que no son duraderos? Que conectamos con la sensación de fracaso y frustración y los abandonamos nuevamente.

En nuestros objetivos y en los procesos terapéuticos que emprendemos el abandono ocurre con mucha frecuencia. Esto es así porque no contemplamos las dificultades y las recaídas en la terapia como parte esencial de la vida misma. Pero no la vida lineal de los retrocesos y avances, de los éxitos y los fracasos. Me refiero a la vida entendida de una forma cíclica o toroide.

Es cierto que hay procesos lineales en la vida, a veces mostrando un progreso más o menos continuo, a veces un retroceso como en el paso de la infancia a la madurez y de ella a la vejez (avanzas en unas cosas, retrocedes en otras). Pero para nuestra mente lo único que existe es el presente. Un punto sin pasado ni futuro donde la línea se vuelve y enrosca en espiral (como nuestro ADN). No hay avances ni retrocesos, sólo repeticiones de un obstáculo o patrón de comportamiento.

Las recaídas y dificultades dejan de ser algo negativo a evitar y pasan a ser aprendizajes que necesitan consolidación.

Si nada más que avanzamos y avanzamos, la vida sería de vértigo con un gran componente ansiógeno. Ésto es lo que está sucediendo en nuestra sociedad actual, donde los momentos de pausa son casi ya inexistentes y la ansiedad es un síntoma “normal”. A todos nos suenan ya los tratamientos con diacepan, loretacepan, dormodor, etc. Cualquier cosa con tal de no parar el ritmo. Demasiadas cosas nuevas para vivir, experimentar y asimilar.

Necesitamos recuperar nuestra “zona de confort”. Necesitamos parar en ese espacio conocido, que aunque a veces no sea demasiado bueno, nos ayuda a recuperar la tranquilidad. Si soy consciente de que las recaídas y los retrocesos (los sabotajes, mencionados en un artículo anterior) existen, dejan de ser algo negativo para pasar a ser momentos necesarios en nuestra evolución. Se convierten en momentos estabilizadores  que marcan las pausas para seguir avanzando y aprendiendo.

Pensar que es poco probable que esto me suceda a mí es un error ya que no sabremos cómo afrontar el problema cuando surja y no dispondremos de un “plan de emergencia” para salir de él. Lo ideal es tener diseñado un plan de prevención de recaídas con las herramientas y recursos adecuados (relajación, observación, diálogo mental adecuado....).
Ser consciente de que puede ocurrirnos es nuestra mejor arma para evitar pensamientos catastrofistas como “no tengo solución”, “siempre me pasa a mi”, “nunca podré superar esta situación”...

Y aquí es donde la importancia del terapeuta adquiere su papel protagonista.
Si el terapeuta observa que solo hay avances sin sabotajes o crisis, indica que la persona puede estar huyendo de su realidad y la terapia no está siendo adecuada.
Si ocurre justo lo contrario, es decir, que aparecen demasiados sabotajes o crisis,  indica que el proceso va más rápido de lo que el paciente puede asimilar y la estrategia terapéutica debe replantearse para evitar el malestar y la ansiedad a la persona.
El proceso es siempre cíclico y para todos igual: progreso, recaigo y aprendo o repito.
La función del terapeuta no es evitar las crisis. Todo evoluciona gracias a ellas. La función del terapeuta es dar las herramientas necesarias para entender que es un proceso natural que puede ayudarnos a enfrentar la vida de una forma nueva. 
Eso sí, para saber que estamos “progresando adecuadamente” los procesos de crisis y sabotaje deben espaciarse en el tiempo y ser cada vez menos intensos. 
Si realmente consigues aceptar que no es tan importante en que lugar del camino te encuentras si no que vas aprendiendo y evolucionando cada día, podrás disfrutar cada paso que des en tu eterno presente. 
Acudir a un terapeuta en este caso puede aliviarte y hacer más liviano tu camino. Eso sí, recuerda que sólo tu puedes caminarlo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

CUANDO LA ANOREXIA SE ESCONDE


No fui consciente hasta hace pocos años de mi trastorno alimentario. Lo vi en mi hermana, cuando yo tenía 20 años, lo sufrimos toda la familia e incluso me interné con ella en el hospital para ayudarla pero nadie detectó que yo también lo tenía. He vivido desde los 8 años obsesionada con el peso, con las calorías, escondiéndome en la ropa y juzgando duramente el físico de las personas. Para mi era normal comer 1000 kcal diarias. Recuerdo mi infancia colocando las manos sobre los escaparates de las pastelerías imaginando el rico pastel que me comería. Evidentemente que nunca lo hacía porque engordaba.

La anorexia de mi hermana fue muy dura para todos. Ella se sentía sola y los intentos de mi madre para que comiera acababan en discusión. Era muy disciplinada, exigente, celosa, con una sensibilidad extrema y al mismo tiempo con una frialdad hacia sí misma abrumadora. Me sorprendía ver la incapacidad de abrir su boca para comer a pesar del llanto de mamá, de mis súplicas. Cuanto más insistía más se reafirmaba en su actitud. Mi madre se culpaba, mi padre no quería ver la realidad y yo, bueno, yo pensaba que tenía un monstruo en su interior que no le dejaba ser ella misma. Si no, ¿cómo podía explicar que se sintiera tan desgraciada si yo estaba con ella?

Mi monstruo particular se despertó plenamente en mi después de recibir malos tratos del que fue mi pareja. Me sentí sola, abandonada, sin amor... automáticamente dejé de comer. Sólo me permitía beber leche de vaca. Me sentía culpable y me castigaba. A pesar de creer que era un despojo humano intentaba parecer "perfecta" en todo lo que hacía.

Al separarme recuperé mi dignidad pero no las ganas de comer. Ya no tenía la sensación de hambre. Una amiga me hizo un juego. Cogió una cuerda y me dijo que hiciera un círculo con lo que yo pensaba que era mi cintura. Cuando coloqué ese círculo en mi cintura me di cuenta de la enorme distorsión que tenía de mi cuerpo. El círculo era cuatro veces mayor que mi cintura!!

He luchado contra la anorexia desde fuera y desde dentro. Y siempre está ahí. Todavía no he conseguido verme bien en el espejo. Cuando comienzo a sentirme bien todo el mundo me dice que parezco enferma. He aprendido a confiar en los demás y a no mirarme en el espejo. He aprendido a comer sin hambre aunque aún me salto todas las comidas que puedo. Estoy aprendiendo a darme el amor que necesito para sobrevivir, ya que tardé mucho en darme cuenta de que el amor que estaba reclamando era el amor de mi madre, el amor que nunca sentí tener.

Más de 30 años luchando con mi monstruo, domesticándolo y nadie se dio cuenta de que yo también lo tenía, ni yo misma.

Muchas chicas y chicos hablan de Ana o Mia abiertamente por la red. Ahora que lo veo con la perspectiva de los años, para mi ha sido una infancia triste, una adolescencia atormentada y una adultez cuasi- trágica. ¿acompañada de Ana? Me niego a ponerle ese nombre. No es mi amiga, ni siquiera mi enemiga, es un monstruo que no merece nada más que amor.


Todos hemos escuchado hablar sobre la anorexia nerviosa y sus devastadoras consecuencias para la persona que lo sufre y su entorno cercano.
Las personas con anorexia nerviosa se  caracterizan por  el extremo control que ejercen en sus dietas; control obsesivo en el recuento de calorías, control en la bajada de peso corporal, control en la quema de calorías a través del ejercicio físico y su total desviación de la realidad al mirar su cuerpo físico. Siempre necesitan bajar más de peso y, aunque los demás vean a una persona escuálida y enferma, nunca están satisfechas con su figura. Pero existen otros muchos casos en los que la pérdida de peso no es tan evidente. Muchas jóvenes sufren el trastorno sin ser conscientes de ello. Incluso lo niegan.
Siguiendo los criterios del DSM IV, existen dos tipos de AN. El tipo restrictivo limita la ingesta de calorías. El tipo voracidad alimentaria purgativa depende de las diferentes purgas a las que se someten. La diferencia entre este último tipo y la bulimia reside en que el individuo con anorexia come pequeñas cantidades de alimentos en la etapa voraz y se purga con mayor regularidad que los bulímicos. La diferencia entre el voraz purgativo y el restrictivo reside en que los primeros son mucho más impulsivos, más emocionalmente variables (incluso pueden llegar a automutilarse) que los segundos, que son más controladores y perfeccionistas.

En muchas ocasiones se dice que los trastornos alimentarios tienen que ver con una madre tóxica. En el relato anterior menciona su necesidad de amor materno. El término tóxico no siempre es adecuado. Las madres, y las personas en general, dan lo mejor de sí mismas en el momento en el que se encuentran. Y las madres tienen su historia personal, sus cargas que inevitablemente trasladan a sus hijos o hijas.
La relación que se establece con el alimento ciertamente representa a la madre que nutre. Y esta madre puede ser tóxica, fría, indiferente, castrante, triste...
El conflicto suele comenzar en la infancia o incluso antes durante la lactancia (el resentir puede haberse generado durante la concepción o el embarazo)
Si el trastorno comienza o continúa en la adolescencia y no se trata, el rechazo hacia la madre es total. De ahí que cuanto más se esfuerza ella en ayudar al hijo más rabia y rechazo provoca.
El conflicto emocional es:"mi relación con la madre es tóxica pero la necesito".  Lo que se siente en un nivel no consciente es: "Mi mamá me da comida tóxica". "Mi mamá controla mi vida, mi espacio, mi identidad". "Odio a mi madre".
En los casos de la anorexia nerviosa, las creencias de la madre sobre el concepto de ser mujer son tan negativos que la hija lo recibe con odio a su feminidad, se rechaza totalmente y odia la sexualidad y su menstruación. El sexo se vive con miedo, la proximidad y el calor también. Por un lado quiere ser amada, deseada, importante. Pero las creencias maternas han castrado todo deseo de disfrutar el ser mujer.
Si tienes alguno de estos síntomas. Seas hombre o mujer. Si cuentas calorías, si no te miras al espejo, si te miras pero te ves gorda/gordo, si te exiges demasiado y eres duro contigo mismo, pide ayuda. Necesitas cambiar el concepto que tienes de tu madre, revisar tus creencias y vivencias. Seguro que tu madre te decepcionó en un momento dado, no es perfecta, pero recuerda que lo que te hace sufrir es cómo lo viviste y no lo que viviste. Es tu percepción de lo vivido. Si aceptas a tu madre tal y como es aprenderás a aceptar a la mujer que hay en ti ( si eres hombre a tu parte femenina y a las mujeres que se relacionan contigo) y disfrutarás de todo lo bueno que tiene la vida para ti.

viernes, 23 de febrero de 2018

LAS NEUROTROFINAS Y LA MEMORIA





En muchas ocasiones hemos oído hablar de la plasticidad del cerebro pero ¿qué significa exactamente esto? Nuestra adaptación y el aprendizaje dependen directamente de la capacidad del cerebro para generar “caminos” neurológicos nuevos a través de las neuronas que transmiten la información entre ellas.

Las sinapsis son el punto de contacto entre una neurona y otra y gracias a estos puntos se construye la red dinámica y extremadamente compleja del cerebro.


Animación real bajo microscopio de como hacen sinapsis las neuronas



La plasticidad sináptica es fundamental para la memoria y para fijar los recuerdos reforzando las sinapsis con numerosos neurorreceptores.

Las neurotrofinas son las moléculas encargadas de esta plasticidad neuronal. Fueron descubiertas por Rita Levi-Montalcini en 1951 demostrando que un déficit de neurotrofinas induce a desarrollar diferentes enfermedades como la epilepsia, la enfermedad de Alzheimer, de Parkinson y la depresión.

Las neurotrofinas o factores neurotróficos son una familia de proteínas formada por el factor de crecimiento nervioso (NGF o nerve growth factor), el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF o brain-derived neurotrophic factor), la neurotrofina-1 (NT-1), la neurotrofina-3 (NT-3) y la neurotrofina-4 (NT-4). Se vierten al torrente sanguíneo y son capaces de unirse a receptores de determinadas células para estimular su supervivencia, crecimiento o diferenciación. Una de sus funciones es impedir a las neuronas diana que inicien la apoptosis o, lo que es lo mismo, su destrucción o muerte.

Mark Tuszynski, de la Universidad de California, demostró que el factor neurotrófico (BDNF) evitaba la muerte neuronal y la disfunción cognitiva en grupos de primates y ratas. Demostró también que el BDNF juega un papel importante en la memoria a largo plazo.


El equipo de Daniel Choquet, del Instituto Interdisciplinario de Neurociencias de la Universidad de Burdeos, ha descubierto que en el hipocampo (estructura cerebral clave para algunas formas de memoria)  los neurorreceptores, situados fuera de las sinapsis, se desplazan aleatoriamente.


El estrés crónico o excesivo y la depresión disminuyen la producción de BDNF en diferentes regiones cerebrales, provocando la muerte celular y el despoblamiento neuronal, es decir, los procesos neurodegenerativos se inician y la plasticidad cerebral se reduce.


 El BDNF está afectado también en la epilepsia del lóbulo temporal, en la enfermedad de Alzheimer y en otras enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y la enfermedad de Huntington.

Para evitar que el BDNF disminuya es importante el ejercicio. Caminar a una intensidad media, correr, andar en bicicleta, practicar algún deporte, etc. aumentan la capacidad de retener información, ya que la actividad física estimula mediante impulsos eléctricos al cerebro activando diferentes neurotransmisores, entre ellos el BDNF (brain derived neurotrophic factor).

Para demostrar si el ejercicio es beneficioso para la salud en general o solo para la química cerebral se realizó un estudio con animales donde el ejercicio pudo aislarse como la variable central.  Las ratas y ratones que corrían en su rueda durante una o dos semanas aumentaban considerablemente las cantidades de proteína BDNF, pero no solamente en el cerebro, sino también en la médula espinal lumbar, el cerebelo y la corteza.  Además, se encontró una correlación positiva entre la distancia promedio corrida por día y el aumento del BDNF en el hipocampo.

Practicar regularmente ejercicio ayudará pues a mejorar el estado general del organismo reduciendo los niveles de estrés y gracias al aumento de BDNF lograremos un cerebro fortalecido  y un mejor estado de ánimo.

El cuerpo humano tiende a un “ahorro energético” global. Si nos centramos en la actividad del cerebro, su tendencia para no malgastar la energía es la rutina, es decir, las funciones automáticas e inconscientes que no consumen recursos y que siempre discurren por las mismas carreteras neuronales.

Al cerebro hay que sorprenderlo, hay que hacerlo “correr” con acciones nuevas y diferentes provocando que las neurotrofinas se multipliquen. Para Iván Izquierdo, especialista en fisiología de la memoria, el  mejor ejercicio para el cerebro es leer ya que con la lectura se activan todas las regiones de la corteza cerebral.

Cuando lees ejercitas la memoria visual y verbal, la memoria de otros idiomas, la memoria de los sinónimos, la memoria de imágenes… Leer es, sin lugar a dudas, el mejor sistema para mantener nuestro cerebro saludable. Para las personas invidentes o con dificultades visuales, escuchar a alguien narrar una historia produce el mismo efecto sobre la memoria.
Con el fin de incrementar la producción de neutrofinas y con ello ampliar la plasticidad cerebral, el Centro de Neurobiología del Duke University Medical Center (EEUU) sugiere una serie de ejercicios o retos:
1. Cerrar los ojos para lavarse los dientes, coger la pasta dentífrica, el cepillo...
2. Utilizar la mano no dominante para comer o escribir. Es preferible inmovilizar el brazo dominante para que no actúe “sin querer”.
3. Leer en voz alta para activar diferentes circuitos cerebrales.
4. No utilizar los mismos caminos para ir al trabajo o volver a casa.
5.  Aprender algo nuevo y diferente: informática, fotografía, cocina, yoga, baile o un idioma.
               
El sistema para Activar la conciencia resume muchos de estos ejercicios y propone otros nuevos y sorpredentes. Aunque,sin lugar a dudas, lo más importante es que no lo dejes para mañana. Hazlo! Tu cerebro y tu cuerpo te lo agradecerán.